Parque Tayrona
El ‘Parque Nacional Natural Tayrona’ está formado por una extensión de 15 hectáreas de selva, montaña y zona marina. Está gestionada por los indígenas tayronas y puedes llegar por carretera o por mar. Ten en cuenta que es una zona ecológica donde no llega electricidad, por lo que disfrutarás de una zona ‘salvaje y rural’ pero sin muchas comodidades.
En el ‘Parque Tayrona’ no hay cajeros, por lo que además del pasaporte lleva dinero en efectivo. No te olvides de varios espráis anti mosquitos, la crema solar y unas botellas de agua, frutos secos y galletas. Allí encontrarás zonas donde podrás comprar bebida y comida, incluso algún restaurante.
Hay varios senderos para llegar a las playas de Tayrona. Desde el Zaíno es el más accesible y popular, pero también tienes la entrada por Calabazo (un camino más duro y en medio de los manglares que pasa por Pueblito), la entrada por Palangana, o bien puedes llegar en barca desde Taganga.
Nosotros llegamos en autobús. Nos recomendaron esperar a que amaneciera para ir a la zona del Mercado de Santa Marta que es donde está la parada. Dejamos gran parte del equipaje en el hotel y hacia las 7h de la mañana compramos unos panecillos y cruasanes recién hechos y preguntamos por el autobús dirección al ‘Zaino’. Nos subimos y nos dimos cuenta que el conductor no pensaba arrancar hasta que decidiese que habían suficientes pasajeros. Te van a decir que ‘ya sale’, pero recuerda: ‘Calma & Be Happy’.
El trayecto hasta la entrada del parque dura 1 hora y pagamos al acompañante del chofer 7.000 COP por persona. En principio tienen las tarifas visibles en la parte delantera.
La entrada al parque nos costó 48.500 COP. Enseñamos los pasaportes pero no nos pidieron los libros de vacunas con la fiebre amarilla (puede que ya no sea necesario). La entrada es para 1 sola vez; te puedes quedar varias noches pero si sales tienes que volver a pagar para entrar.
Si tienes pensado dormir en el parque te recomiendo que antes de entrar reserves el campamento en una mesa improvisada al lado de un bar junto a las taquillas de acceso. Me pareció que todos trabajan unidos, por lo que el precio debe estar fijado. De esta manera podrás hacer la ruta con más calma y poder disfrutar de todas las playitas.
Nosotros llegamos al campamento de ‘Cabo San Juan de Guía’ a media mañana y ya no quedaban ‘habitaciones’. Por suerte pudimos alquilar una tienda de campaña.
Una vez te dan la pulsera de entrada al parque te das cuenta que para llegar a la zona donde empiezan los caminos hay que andar 1 hora por una carretera asfaltada.
Lo tienen todo estudiado y te esperan los chóferes de unas furgonetas que por 3.000 COP te acercan.
Por la carretera verás algunos hostels en medio de la selva.
A las 9h empezamos la caminata por el sendero marcado por una pasarela de madera. Hacía mucha calor y la vegetación es impresionante.
Estate atento porque puedes ver algún mono lanzándote ramas y diferentes insectos.
En 1,15h llegamos a ‘Arrecifes’, el primer campamento, y seguimos hasta ‘Playa Piscina’ donde nos bañamos y tomamos el sol.
Recuerda que no te puedes bañar en todas las playas. Verás varios carteles donde indican que existen fuertes corrientes y es importante que los respetes para evitar sustos.
Hacia las 12:30h llegamos a ‘Cabo San Juan’. Cuenta con 2 pequeñas payas rodeadas de miles de palmeras y un campamento bien organizado.
Al ser domingo nos encontramos con mucha gente que había venido en barca desde Taganga a pasar el día.
A las 16h regresaban todas las lanchas, y por 40.000 COP el trayecto es una opción a tener en cuenta para volver a Santa Marta.
En el campamento el precio de una ‘habitación’ sin baño era de 300.000 COP, pero al no haber disponibilidad nos quedamos con una tienda de campaña para 2 personas por 60.000 COP.
También estaba la opción de alquilar una de las 50 hamacas al aire libre por unos 20.000 COP (todas se encuentran en una sala abierta bajo un techo de paja, pero atento con los moquitos).
Ten en cuenta que es un campamento y no te dan toallas ni sábanas, los baños son compartidos y las 3 duchas al aire libre sin apenas caudal tienen un horario limitado. Pero la experiencia vale la pena, es una pasada!
Junto a una gran ‘choza’ central que hace de restaurante te encuentras con un pequeño quiosco donde venden bebidas y cosas para picar, además de cerveza. El alcohol está prohibido en todo el parque, ni tan sólo lo puedes traer de fuera, pero para ellos la cerveza no es alcohol, por lo que bienvenido sea. Salud!
Junto al quiosco hay un cuarto con taquillas para poder guardar las mochilas. Los lockers son free pero necesitas llevar un candado.
A partir de las 16h el campamento se quedó tranquilo, tan sólo con los que íbamos a pasar la noche, por lo que fue el momento que más disfrutamos del mar caliente y del paisaje.
Cenamos en el ‘restaurante’ un plato combinado y un zumo de frutas.
Recuerda llevar linterna ya que la necesitarás en cuanto anochezca.
Junto a las tiendas de campaña había varias lonas de plástico por el suelo. A las 02h de la madrugada descubrimos que en el caso de lluvia torrencial sirven para tapar las tiendas y evitar dormir en una bañera. Dormimos como pudimos y nos despertamos sobre las 5:30h. Lo mejor de la noche fue el despertar en esta playa paradisiaca y pasear viendo la puesta de sol.
Sobre las 10h nos preparamos para el regreso. Como había llovido mucho estaba todo enfangado y justo nos encontramos a los encargados de los caballos que nos ofrecieron la vuelta sin esfuerzo. Les contratamos cada caballo por 40.000 COP y fue toda una aventura. Mejor que te expliquen cómo frenar y girar antes de arrancar. El guía va detrás, a pie, marcando el ritmo, por lo que el caballo va caminando y al trote. La excursión se podría considerar como ‘deporte de riesgo’ ya que es increíble por donde los hacen subir. Por suerte llegamos enteros a la salida del parque, con las piernas adormecidas tras 1:10h cabalgando.
Sobre las 10h nos preparamos para el regreso. Como había llovido mucho estaba todo enfangado y justo nos encontramos a los encargados de los caballos que nos ofrecieron la vuelta sin esfuerzo. Les contratamos cada caballo por 40.000 COP y fue toda una aventura. Mejor que te expliquen cómo frenar y girar antes de arrancar. El guía va detrás, a pie, marcando el ritmo, por lo que el caballo va caminando y al trote. La excursión se podría considerar como ‘deporte de riesgo’ ya que es increíble por donde los hacen subir. Por suerte llegamos enteros a la salida del parque, con las piernas adormecidas tras 1:10h cabalgando.
Cuando planifiques tu salida del parque ten en cuenta que el último bus hacia Santa Marta pasa sobre las 17h.
Por falta de días no realizamos la excursión de 4 noches por la selva de Sierra Nevada hasta la ‘Ciudad Perdida’. Unos amigos la hicieron y quedaron encantados, pero es un trekking duro y sin comodidades.
Fuimos al hotel a buscar el resto del equipaje y nos subimos a una buseta dirección a la terminal de autobuses. Las busetas son unos mini buses de color blanco, con una ruta establecida pero sin las paradas fijas. El conductor va gritando la ruta que hace y si te interesa lo paras.
Es curioso hacer el trayecto ya que pagas el billete pasándole el dinero al viajero de enfrente hasta que llega al chofer, y luego te devuelven el cambio de la misma forma. Como no hay paradas fijadas si quieres bajar gritas: ¡Pare en la esquina, hágale el favor!
Van con las puertas abiertas y suben ‘vendedores ambulantes’ solicitando que les ‘colabores’ con sus productos (agua, chips, mandarinas..). Toda una experiencia de vida cotidiana a la que no estamos acostumbrados.
El bus a Cartagena desde la Terminal de Santa Marta nos costó 30.000 COP con la empresa Brasilia. Hay varias compañías y las puedes consultar en una web pero no nos funcionó para hacer la reserva. El trayecto duró 4:30h ya que hizo una parada en Barranquilla en el momento de mayor tráfico del día. Llegamos a las 17:15h a la terminal de autobuses ubicada a las afueras de Cartagena.
El tráfico en Colombia es denso, imposible en horas punta, y con una atmosfera repleta de pitidos, motos y coches. Todos respetan el sentido de circulación y los pocos semáforos que existen, pero no las preferencias ni los pasos para viandantes. Verás que hay vida junto a las carreteras: los vendedores ambulantes adornan las calles principales y se pasean ofreciendo cafés, jugos y bollos. Los colombianos colaboran con todos los vendedores; les gusta comprar y consumir en la calle.
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